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Felipe Leonardo
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Soy de Totonicapan

La sexualidad de los indígenas

De la sexualidad indígena se habla poco y se ha investigado menos. La contemplan para implementar programas de salud reproductiva, pero a pocos les interesa estudiar las relaciones de poder y las carencias que se anidan en las camas de los hogares mayas, que salen de la alcoba y se replican en las esferas sociales del país, donde las mujeres, por lo general, están debajo de los hombres.



“Parece ser que la mayoría tiene relaciones sexuales en la posición de ‘costumbre’: el hombre encima de la mujer”. En general la actitud hacia otras posiciones fue bastante negativa porque “sólo hacen eso los mañosos”.

“La mujer no tiene que pensar en el sexo hasta que el hombre empieza a querer tocarla. Siempre es el hombre quien toma la iniciativa y citaron a las prostitutas como las únicas que exigen sexo al hombre, por dinero. No obstante, algunos hombres mencionaron que a veces la mujer toma la iniciativa. “Si el hombre se ocupa de trabajos cansados no piensa en sexo, si la mujer es calentona ella toma la iniciativa”. Puede indicar su deseo besando al esposo o trata de poner a los niños a dormir rápido”.

En 1990, tres investigadores (Ward, Bertrand y Puac) se interesaron en estudiar “el comportamiento sexual mayense” y titularon así una de las primeras investigaciones realizadas en Guatemala sobre la sexualidad de los indígenas. El informe señalaba que en el país era un tabú hablar de sexo entre los mayas y que los padres no les enseñaban sobre eso porque debían aprender en el momento oportuno: al casarse.

Los investigadores hicieron entrevistas y grupos focales en Quiché y Sololá. Cuatro años después, en 1994, otra investigación llamada “Concepciones y prácticas de salud reproductiva de las comunidades k’iche’ y kaqchikel”, exponía que la mayoría de los sujetos estudiados no conocía el nombre de los genitales. Algunas personas se referían a los de la mujer como “la porquería”, “la parte que sirve para tener hijos”. “El tema (el sexo en los indígenas) ha estado históricamente atravesado por las normas religiosas, morales y de las culturas particulares que buscan controlar y regular la sexualidad femenina exclusivamente para la procreación”, señalaba el informe realizado por entidades de salud.

Era la época posterior al período de mayor represión y violencia política en la historia reciente del país. Los estudios relacionados con las poblaciones indígenas proliferaban, sobre todos los enfocados a la salud y educación, pero muy pocos se centraron en abordar lo que sucede en las camas de los indígenas.

La antropóloga española Manuela Camus investigó la sexualidad entre los mayas y el Sida, y desarrolló temas como el noviazgo y la adolescencia, la menstruación, el primer encuentro sexual, el sexo en el matrimonio, las relaciones extramatrimoniales, el embarazo y el parto. Expuso que “los hombres y mujeres (indígenas) llegan a la primera relación sexual muy jóvenes, sin saber cómo tienen que comportarse. La mayoría de mujeres sintió miedo, dolor, susto y vergüenza. Muchas lo experimentan como una violación traumática”.

Un estudio hecho en 1995 en Quetzaltenango y citado por Camus, se refería a “la cultura de la pobreza sexual”. Exponía que el acto sexual en los indígenas es frecuente, pero bajo condiciones físicas y sociales muy difíciles, sin electricidad, de manera poco imaginativa y generando insatisfacción sexual a ambas partes”. Detallaba que las mujeres duermen vestidas con huipil y el corte y el hombre también lo hace con la ropa del día, lo que impide el contacto corporal pleno y propicia que la estimulación erótica previa al acto sexual sea limitada o inexistente. “No hay juegos sexuales porque se tiene miedo de despertar a los niños o a las demás personas con las que se comparte el cuarto, por eso el acto es rápido y sin mayor preparación”, citaba el estudio de Alfredo Méndez. “Con la urbanización se modifican estos patrones porque las condiciones cambian: se tiende a dormir con ropa interior, hay luz y más cuartos, se practican otras posturas y hay demanda de calidad en el sexo. La urbanización produce un efecto positivo en el conocimiento de cuestiones sexuales”, exponía el investigador.

Camus refutó que más que cultura de pobreza sexual, lo correcto es referirse a un sexo en la pobreza y bajo diferentes presiones institucionales. El sexo en la pobreza, además, se asocia con la violencia doméstica, el alcohol y la agresión sexual. “Los hombres, cuando llegan tomados, es cuando más nos piden nuestro cuerpo y nosotras tenemos que darles, porque si no nos pegan”.

Ya en el año 2000, Camus resaltaba que cuando se habla de los mayas se da por hecho que son poblaciones tradicionalistas y conservadoras, en las que no se habla de sexualidad. Sin embargo, subrayaba, las realidades están en proceso de cambio. Las generaciones más jóvenes, especialmente los hombres que tienen más permisividad, tienen más acceso a la educación y retan esas imposiciones. En general tienden a estar mejor informados que sus padres. El problema es que aún de una manera muy deficiente e insuficiente.
La tesis de Chirix
Emma Chirix García es reconocida en los ámbitos académicos como la persona que más ha investigado sobre la sexualidad indígena en Guatemala. Su tesis para optar a la maestría en ciencias sociales estudia a los habitantes San Juan Comalapa, Chimaltenango (“Una aproximación sociológica a la sexualidad kaqchikel de hoy”) y es el estudio más reciente (2006) relacionado al tema. Próximamente será publicado como libro. “Me dará gusto que salga a la luz un tema tabú, que es otra manera de enfrentar la dominación, el miedo y la sacralización de los cuerpos y la racialización de la sexualidad”, comenta la autora en una entrevista por correo electrónico.

En su investigación, Chirix critica que la parte social, histórica y subjetiva de la sexualidad ha evitado ser tratada en el país; sólo se ha abordado desde perspectivas biologistas y de ahí la abundancia de trabajos empíricos sobre salud reproductiva. Ella ahondó sobre la construcción de la identidad genérica, el sentido del cuerpo y el erotismo para “sacar a la luz conocimientos y prácticas ignoradas o censuradas”.

Estudiar así la sexualidad, expone, es comprender cómo tiene una base restrictiva, traumática o placentera; es analizar la represión del deseo, las instituciones que generan las normas y los individuos que las reproducen, pero también los espacios donde fluye el placer y el erotismo. A continuación se presenta un extracto de algunos de los puntos desarrollados en su estudio.
menstruación, virginidad y desnudez
En muchas familias no se habla con detalle de la menstruación conocida como “k’o chic ruch’ajon o “ya tengo ropa que lavar” (porque antes no se usaban toallas sanitarias). Pocas madres informan a sus hijas previo a la aparición y cuando llega, las advierten más sobre sus consecuencias con frases como “te cuidás porque los hombres te empiezan a engañar”. El engaño significa dejarlas embarazadas.

El temascal o tuj (baños de vapor artesanales) funciona como uno de los pocos lugares de encuentro de los cuerpos desnudos: de las madres con sus hijos, las mujeres con mujeres, hombres con hombres y las parejas de esposos. Se sabe que algunas parejas mantienen ahí relaciones íntimas después de bañar a los hijos.

En Comalapa la virginidad se valora tanto como el matrimonio. La razón primordial es que la mayoría es católica o evangélica. Se impone que las mujeres lleguen castas al matrimonio. Algunos padres y madres averiguan si la futura nuera es virgen. El rompimiento del himen sólo tiene que ser en la noche, después de la boda. Las relaciones prematrimoniales no son aceptadas, pero en la vida cotidiana, las adolescentes y jóvenes mantienen relaciones clandestinas.

En Comalapa, la mujer desflorada ya no es bien vista. Los hombres aseguran que las pueden identificar por la forma en que camina o el color de su piel (se ponen amarillas, dicen). Las familias intentan recuperar el honor a través del matrimonio. Algunas se resignan a la humillación.
El cortejo y el comportamiento correcto
Antes, los novios tenían prohibido tocarse y acariciarse. La mujer no tenía permiso para hablar mucho con el muchacho, menos de noche. Antes de los años ochenta el beso era en privado porque estaba mal visto. Ahora, que las mujeres también estudian y trabajan, han cambiado las dinámicas. “Platican con el novio, se dejan que les abracen el cuello, no se asustan. Ya son las mujeres quienes dan su cosa, ya no es el hombre quien insiste”, se quejaron con Chirix algunas ancianas.

Las jóvenes hablaron más con la investigadora acerca del deseo (sexual) que las adultas. “Cuando nace el deseo, es cuando uno mira un hombre bien bonito, bien chulo”, dijeron. Aunque las entrevistadas hicieron mención de la masturbación no manejaban mayor información. “Pareciera que no se dan placer a sí mismas”, acotó la investigadora.
Sobre el placer, en cambio, no se habla, existe miedo y se ha restringido su búsqueda. La mayoría negó haber experimentado esa sensación. Muchas familias kaqchikeles viven la sexualidad como pecado.
Lugares correctos y prohibidos
Los lugares permitidos para el sexo deben ser la casa, la cama y la noche. Los prohibidos son el campo, la milpa y el tuj porque “es pecado”, pero se sabe de hombres que de día jalan a la mujer al campo y de parejas que prefieren hacerlo por la mañana porque no están los niños. Generalmente los dormitorios de los kaqchikeles son colectivos. La falta de un espacio privado no permite a la pareja, especialmente a la mujer, disfrutar de la relación sexual. La mujer se preocupa de que los niños puedan despertarse, reprime sus emociones. El hombre lleva a cabo la penetración sin que ella sienta placer.

Los jóvenes han buscado espacios nuevos, lugares solitarios y oscuros como “detrás del hospital o detrás del cementerio”.
También mencionan las pilas comunales. La mayoría de parejas que se casan ya ha tenido relaciones sexuales.
Actualmente en Comalapa se observa el fenómeno de los adolescentes que se lanzan a tener relaciones y dejan embarazadas a las jovencitas y no se hacen responsables. Hay un alto número de madres solteras. También de abortos clandestinos. En un barranco una vez se encontraron varios fetos, pero la comunidad los ocultó y no se hizo público.
El acto, el poder, la violencia y la familia
Él dice cuándo y cómo y la mujer acepta. Le han hecho creer que es una de sus obligaciones “para eso está”. Para varias entrevistadas por Chirix la primera vez fue una experiencia traumática. El dolor es el común denominador. La expresión de ternura y placer están ausentes. Las relaciones se llevan bajo condiciones de silencio e inmovilización. No se acepta el grito, el jadeo, las risas, las palabras ni los movimientos. “Callate, no vayás a hacer ruido, así te dice el hombre y vos gritás, porque duele, duele”. Ni hombres ni mujeres, expone Chirix, han sido educados. Han aprendido en la escuela, la familia y la Iglesia que el placer sexual es algo peligroso que debe ser controlado y negado.

Otro elemento crucial son las relaciones de poder. La violencia sexual manifiesta poder a través del daño de los órganos sexuales y la sexualidad en general. Su objetivo es dominar y desvalorizar. Ante la exigencia de algunos hombres de tener relaciones todos los días o a cada rato, algunas buscan formas para no ser molestadas como enrollarse en fajas hasta quedar como momias. “Ellos molestan aunque la esposa esté enferma”, dice una anciana. El malestar también es fuerte cuando conviven con alcohólicos que les pegan y las obligan a tener sexo. “En la noche lo quieren a uno y en el día lo tratan como sirvienta”. Algunas mujeres se están atreviendo a denunciar las agresiones y a pedir justicia.

La familia es uno de los pilares centrales a partir del cual se construye la sexualidad. El matrimonio tiene una gran importancia entre los kaqchikeles. La edad ideal para casarse es a los 20 años. En la mayoría de unidades domésticas el hombre administra el hogar. La obligación de la mujer es obedecerlo. En las familias está ausente la orientación sexual, se traspasa la responsabilidad a la escuela. Los niños satisfacen su curiosidad no resuelta con amigos y medios de comunicación. La Iglesia, por su parte, estableció un modelo alejado del placer y relegado a la reproducción, bajo el predominio sexual masculino. Las iglesias católica y evangélica continúan ejerciendo un importante control hacia la familia, el matrimonio y las relaciones de pareja, critica Chirix.

Según los documentos que ella analizó para su estudio, antes de la venida de los españoles existía la homosexualidad.
Actualmente la hay entre indígenas, al igual que el lesbianismo, pero sólo se conoce en grupos de confianza.

La investigadora considera que sobre la sexualidad indígena aún hay mucho por estudiar. Como los deseos y las prácticas sexuales, el incesto, el aborto y la prostitución. “Sobre las posturas, no indagué, pero las metáforas en los diversos idiomas mayas denotan que existen y se practican. Yo puedo afirmar que se practican varias, aunque no se habla de esto.
Es cierto que en el mundo occidentalizado se ha hablado mucho de este tema, pero en Guatemala ni los criollos, ni los mestizos han hecho este tipo de investigaciones”.

El aporte de su estudio, enfatiza Chirix, es poner en discusión un tema tabú, investigar qué hay detrás de la sexualidad y cuáles son las causas de su prohibición. “El bien vivir”, dice “también significa ser felices con nuestros cuerpos y nuestras sexualidades”.

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