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Eduardo
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Soy de toto

Buscan canonizar a carmelita que vivió de 1784 a 1841.

Del sufrimiento a la exaltación


Cuando María Teresa Aycinena decidió ingresar en el convento, pensó que pasaría en soledad, apartada del resto, pero los sucesos de su vida trascendieron esos muros.




Una vida tan rara y singularmente favorecida por Dios no pudo quedar encerrada y escondida en el secreto retiro de los claustros carmelitanos. Al empezar este reportaje sobre María Teresa Aycinena, el objetivo era dar a conocer el fenómeno de unos pañuelos dibujados con su sangre; sin embargo, al hablar con quienes han estudiado su caso, coinciden en decir que eso era lo menos relevante en su vida. Esta religiosa, a pesar de haber permanecido enclaustrada, no estuvo ajena a la Inquisición, la política y los aires de Independencia que se movían en esos tiempos.
María Teresa fue hija de Juan Fermín Aycinena, un español establecido en Guatemala desde 1753, que ejerció varios cargos en la ciudad. Él enviudó dos veces. Su primer matrimonio lo contrajo con Ana Carrillo y Gálvez, y el segundo, con Micaela Nájera y Mencos. Se casó por tercera vez con Micaela Piñol y Muñoz, y María Teresa fue la primera hija de esa unión. Ella nació el 15 de abril de 1784, y recibió los nombres de María Teresa de Jesús Anastasia y Cayetana.
Según Luis Alberto Cogley, representante de la Asociación Pro Canonización de María Teresa Aycinena, el primer nombre se debe a que la imagen de Santa Teresa de Jesús fue llevada a la casa Aycinena cuando la niña nació; Anastasia es el santo del día, y Cayetana, por el arzobispo de entonces, Cayetano de Francos y Monroy, amigo de la familia.
Educada por su madre en el temor a Dios, el horror al pecado y el deseo de una vida inocente y pura, no pasó un día sin visitar al Crucificado, lo cual hizo que viera con desprecio las cosas del mundo: ni vestidos caros ni alhajas o atenciones. Aunque pertenecía a una de las familias más prominentes del país, no cambió su deseo de seguir el camino religioso, pues para ella era importante el retiro, la misa y la oración.
Aunque hubo más de un caballero distinguido de alta sociedad que le propuso matrimonio, y por un momento pensó formar una familia, hizo el voto de virginidad. Después de la muerte de su padre decidió entrar al convento, lo que cumplió tiempo después, a la edad de 23 años. El 21 de noviembre de 1807 tomó el hábito como novicia de velo negro, en el convento de las Carmelitas Descalzas de Guatemala. Cogley explica que ella deseaba ser de velo blanco, pues era para aquellas jóvenes que no sabían leer, por lo cual no podían ir al Coro para rezar; solo decían el Padre Nuestro, atendían la puerta, la huerta y otros quehaceres.
El libro del presbítero Ildefonso de Albores, Vida de la madre María Teresa de la Santísima Trinidad, escrito en 1890, es un documento hagiográfico donde se anota que ella “buscaba los oficios más bajos, los reproches, el hábito más pequeño, para hacerse la más pequeña”. El autor fue su confesor y una de las personas más cercanas a ella. El escrito lo resguarda la Asociación Pro Canonización, y de allí se extrae parte de su vida relatada en este reportaje.
Sus bienes los repartió entre su dote del Monasterio, lo necesario para los gastos de la profesión, los pobres y su madre. Después, su único patrimonio fue un hábito, una celda estrecha, una tosca tarima, unas tablas en vez de cama, una manta para cubrirse, un trozo de madera por almohada y un cuadro pequeño de la Señora de los Dolores, pintado en lienzo.
“Entre los numerosos santos que la Iglesia venera y ha colocado en los altares hay otros muchos cuya gloria sobre la tierra no pasa aún del pequeño y reducido círculo de la familia o de los pobres muros del claustro”, indica el libro de Albores.

Castigos y estigmas

María Teresa escribió: “Castigaré mi cuerpo y lo reduciré a una dura servidumbre, para que no prevalezca contra el espíritu”, por lo que durmió sobre tablas o en el suelo; además, usó cilicio, ayunó aunque no fuera obligatorio y a sus pocos alimentos les agregó ajenjo, que ella misma sembró en la huerta.
Eligió lugares apartados para hacer penitencia, de lo que también anotó: “A la par que tanto se afligía el natural, mi espíritu se alegraba al ver teñido el zacate y las paredes con mi sangre, porque deseaba derramarla toda por amor a Jesucristo”. Se manchó tanto, que se tuvieron que encalar las paredes.



Esta habitación, en el Museo del Arzobispado, simula la de la madre María Teresa en el convento.

Cogley dice que ella quiso imitar a Cristo, y esta era la forma como comprendió que podía hacerlo, pues así lo miraba, ya que las únicas representaciones que había de él eran crucificado y flagelado. Por eso, para asemejarse, procuró tener estigmas y sufrir.
Sufrió una caída, en la cual se lastimó la cadera. El golpe hizo que los tendones de una pierna se encogieran, y por eso se le hizo más pequeña. Ya no pudo caminar bien y necesitó muletas. Además, recibió golpes en la cabeza. Para el sacerdote y filósofo Antonio Gallo Armosino, S. J., integrante de la Comisión de Historia para la Canonización de María Teresa Aycinena, esa fue la preparación para todo lo que vendría después: recibió muchos dones de contemplación y oración. Su ideal era llegar a ser como Santa Teresa, quien tuvo un matrimonio espiritual con Cristo.
De los estigmas surgieron impresiones y pinturas, formados con la sangre de María Teresa; corazones, nombres de Jesús, María y José; instrumentos de la Sagrada Pasión; el clavo, el anillo y la corona de espinas. La primera vez que aparecieron fue el 21 de junio de 1816, después de un éxtasis. En la toalla blanca con que tuvo cubierta la cabeza apareció marcado un corazón con sangre fresca. También se escribían cartas con su sangre.
Esos acontecimientos se divulgaron entre las religiosas del convento y seculares de la ciudad. El arzobispo Ramón Casaus y Torres envió a médicos para que la observaran, entre estos el padre Fray Anselmo Ortiz, quien le ordenó escribir su autobiografía, otro de los documentos por los que se ha conocido más de ella. “La gente fanática empezó a llevarlos y decían que hacían milagros; de eso no sabemos nada”, cuenta Gallo.
Agrega que intervinieron otros fenómenos más que estos dibujos con sangre, ella tenía visiones intelectuales con Santa Teresa, San Juan de la Cruz y ángeles. “Eso es lo que hace de ella un caso especial”, enfatiza Gallo.

La Inquisición

Gallo refiere que el obispo envió a Roma algunos de esos pañuelos, y la respuesta fue la excomunión de la madre Teresa. Vino lo que se llamó el rescripto de Pío VII, lo que fue el acabose para ella, pues la pusieron bajo la tutela del sacerdote Bernardo Martínez, miembro de la Inquisición, y de otro. Ambos la atormentaron, le dijeron que todo era mentira. Además, hicieron que le lavaran las llagas; los médicos debieron hacerle desaparecer las huellas.
Fue llevada a una cárcel del convento que fue construida para una loca. El objetivo era aislarla, agrega el filósofo. En el documento de Albores se describe que la religiosa tuvo un pie en el cepo y el otro atado a la cadena. Se llenó de llagas por permanecer de día y de noche sobre la dura tabla, no pudo encontrar comodidad para acostarse. Apenas dormía por algunos instantes, sentada, con la cabeza puesta sobre la rodilla.
“Cuando estuvo recluida, se mandó a que solo podía entrar una monja para dejarle dos onzas de pan y un poco de agua. Solo saldría a oír misa los días de obligación; los otros, debía oírla desde su puesto de prisión, y la privaban de la sagrada comunión. Sin replicar ni preguntar por qué se le imponía tan severo castigo, tomó en silencio las muletas, y aunque con trabajo, se dirigió a la cárcel sin derramar una lágrima. Durante este periodo le dieron pociones de la ciencia, por lo que se desarrolló dentro de ella algo como un monstruo”, cita el texto.
Varios años después se le practicó un exorcismo y le salió un alacrán, cuenta Gallo, con base en lo que dice la nota del Arzobispado. El texto de Albores refiere: “Bebió un brebaje, y el 4 de noviembre de 1823 vomitó una porción de tripas y animales inmundos”.
Estuvo en una triste condición, parecía un cadáver, con el semblante extenuado, consumido, y la voz débil y apagada. “El arzobispo mandó quitarle de los pies el cepo y la cadena, y le dijo que caminara. Ella tomó sus muletas, pero el prelado le dijo que las dejara, y ella obedeció y sanó, pues pudo sentar las plantas sobre la tierra”, indica Albores. El 21 de diciembre fue excarcelada.
María Teresa cumplió con el instructivo y el rescripto en donde se decía todo lo que se tenía que hacer con ella. En el primero había detalles como separarla, mandarla a la cárcel; el segundo decía que era una mentirosa, ilusa, y la condenaba. Solo el arzobispo supo de eso, pues lo recibió de Roma. Esto sucedió en los años 1821, 1822 y 1823; después cesó la Inquisición y volvió todo a la normalidad, agrega Gallo.

La política

En aquellos tiempos sucedieron los acontecimientos de la Independencia, y los conflictos políticos posteriores, hechos que no fueron ajenos a la madre María Teresa Aycinena, al ser hermana del prócer Mariano Aycinena. “La política triunfante la consideró adversa, la persiguió hasta en el fondo del claustro”, cita el texto de Albores.
Ella no era adversa a la emancipación. En una de sus cartas dirigidas al arzobispo, que en total fueron 245, reflexionó al respecto: “Dios permite los males para que vengan cosas buenas”, en referencia a los liberales, que a la vez eran anticlericales. Cuando Francisco Morazán gobernó —1827 a 1842, primer periodo—, el arzobispo Casaus fue expulsado y llevado a Cuba en 1828; entonces cesaron las cartas de María Teresa.
La persecución continuó. Se le consideró subversiva y se buscó sacarla del convento, pero las monjas la defendieron y lo impidieron. Al expulsar al obispo se apoderaron del archivo de la curia y allí encontraron el rescripto, y lo publicaron, para difamar a la madre Teresa; sin embargo, no lograron su propósito.
“La noche del 11 de julio de 1829 —dice Albores en su libro citado— se prendió violentamente en el Palacio Arzobispal, al prelado, se apropiaron de varios papeles y documentos referentes a María Teresa, de los cuales se valieron para hacer las publicaciones y comentarios más ruines y calumniosos”.
Fue nombrada priora del convento. Siguió en la búsqueda de la reforma del convento, que consistió en reglas más estrictas, vida contemplativa. Escribió un reglamento en donde se indicó cómo tenía que ser la novicia, horarios y penitencias, sin hablar de ella, de sus visiones o ponerse como modelo. Quiso construir otro convento, pero murió antes de obtener una respuesta positiva.
Del último periodo de la vida de Madre Teresa —1833-1841— ya no se sabe casi nada de ella, “quizá fueron sus mejores años, pues estuvo sola, como siempre quiso”, dice Cogley.
Murió el 29 de noviembre de 1841, a los 57 años de edad; su cuerpo gastado por trabajos, enfermedades y tribulaciones descansó. Su cadáver fue enterrado en el convento. Desde que entró a la casa de las Carmelitas no volvió a salir, ni cuando murieron sus padres, son parte de las reglas del claustro, dice Cogley.

En 1873, los conventos fueron clausurados, sus restos fueron trasladados a la que fuera la casa de sus padres, la casa Aycinena, ubicada donde hoy es el edificio El Centro. “Allí existió un espacio consagrado a la veneración particular de dicha familia y en la mesa del altar estuvo el cuerpo”, según personas que lo visitaron, era incorrupto, dice el historiador Haroldo Rodas. Estuvo allí hasta 1953, cuando fue sepultada en la iglesia Santa Teresa, en donde se encuentra hasta ahora, pero no se sabe con exactitud el lugar, pues se tenía temor de que fuera profanada su tumba.
Su deseo era quedar encerrada y oculta en el fondo del claustro carmelitano, pero los acontecimientos sobrenaturales, su lucha por la reforma de las comunidades religiosas, la envidia, calumnias, acusaciones y el ser llevada a los tribunales en donde se puso en tela de juicio su virtud, no hicieron que ella dejara su camino. Siempre fue resignada, callada, en obediencia absoluta, pobreza rigurosa, humildad, resignación y caridad, virtudes por las que hoy se desea canonizarla. Hay dos tipos de procesos, uno por milagros y otro por virtudes: este es el de madre María Teresa.

Lo sobrenatural

* En el convento empezó a tener momentos sobrenaturales, en donde solo ella pudo ver a los personajes.
* En 1812 se le apareció Jesús, en forma de peregrino, le introdujo un clavo en la cabeza para hacerla participante de sus dolores. Considerado como una purificación de sus pensamientos. Esto le produjo que le sangrara la cabeza y dolores.
* El día de su cumpleaños, 15 abril de 1813, le colocaron la corona de espinas, y le dijeron que en la otra vida sería de gloria. Por esto también le sangró la cabeza.
* El 1 marzo de 1816, le salieron llagas en las manos y pies, que fueron como las heridas por los clavos en la cruz de Cristo. Le sucedió varias veces.
* El 15 abril de 1816, San Miguel Arcángel trajo un dardo que se lo atravesó en el corazón, fue una experiencia mística denominada transverberación. Ese mismo mes y año, día 28, Cristo le entregó un anillo en señal de desposorio espiritual. El cual se le manifestó como un pronunciamiento de carne.
* Las cartas escritas con sangre se manifestaron el 13 de septiembre de 1816, las hubo casi a diario hasta el 14 de octubre de ese año. Se reunieron 49 de los ángeles, dos de San Luis Gonzaga, una de Santa Teresa de Jesús y otra de San Francisco de Sales. Ella miraba a los ángeles escribirlas, pero quienes la acompañaban solo observaban que se escribían, pero no quienes.
* También emitió ciertas fragancias, en especial cuando estuvo en éxtasis. Estas quedaban impresas en costuras, libros, cartas y pañuelos.
* Existen varios documentos que relatan la vida de la madre María Teresa.
* Un diario que escribió en 1815, consta de 7 cuadernillos, su vida antes del convento y los primeros años en este.
* La obra del padre Idelfonso Albores, de 1890, consta de 24 cartas notariales en donde se describieron los sucesos, firmados por el arzobispo y testigos.
* El proceso de canonización se encuentra en la elaboración de su vida. Una comisión investiga las virtudes de madre María Teresa y los escritos que hay de ella.
* Pañuelos, cartas y otros objetos de María Teresa se encuentran en el Museo del Arzobispado, en donde pueden ser observados.
* La página de la Asociación es madremariateresa.org
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