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Eduardo
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Las Maravillas de Guatemala, Basílica de Esquipulas




Este templo, situado en la cabecera municipal de Esquipulas, constituye uno de los tesoros más importantes de la religiosidad y de la arquitectura mesoamericana. En el interior de la iglesia se conserva la imagen del Cristo Crucificado, cuya veneración es el factor que otorga la razón de ser al prestigio de Esquipulas, un municipio ubicado al nororiente de la República de Guatemala, en el sector del Trifinio, que abarca parte de El Salvador, Honduras y Guatemala.

La extensión del municipio es de 532 kilómetros cuadrados, y limita con los municipios de Olopa, Jocotán, Camotán, Concepción Las Minas y Quezaltepeque, pertenecientes al departamento de Chiquimula; con el municipio de Metapán, de la República de El Salvador, y con los departamentos de Copán y Ocotepeque, de la República de Honduras. La villa de Esquipulas se fundó entre los años 1560 y 1570, y dista 222 kilómetros de la ciudad capital de Guatemala.

La célebre imagen del Cristo Crucificado fue esculpida por uno de los más relevantes artistas de la época colonial: Quirio Cataño, quien, allá por el año 1580, llegó a Guatemala procedente de Portugal. En los inicios del siglo XVII, su taller –ubicado en la calle de Los Pasos Perdidos– gozaba de justificada fama en la Ciudad de Santiago, en el valle de Panchoy. En 1594 se le encargó tallar la afamada imagen, la cual entregó el 4 de octubre de aquel año, según consta en un contrato realizado entre el escultor y el Provisor y Vicario General del obispado de Guatemala. Este documento fue localizado en la parroquia de Quezaltepeque, y en su parte fundamental dice:

“En la Ciudad de Santiago de Guatemala, a los veintinueve días del mes de agosto del año mil quinientos noventa y cuatro, Cristóbal de Morales, Provisor de este Obispado, concertó con Quirio Cataño, oficial de escultor, que haga para el pueblo de Esquipulas un Crucifijo de vara y media, muy bien acabado y perfeccionado, que lo debe dar acabado el día de San Francisco, primero que viene, y se han de dar por él cien tostones de cuatro reales de plata cada uno; y para en cuenta de los dichos cien tostones confesó haber recibido adelantados cincuenta tostones de los cuales recibió realmente y él se obligó a cumplirlo, y para ello obligó su persona y bienes y lo firmó de su nombre y el dicho Provisor.”

Se sabe que una considerable parte de los citados tostones fue aportada por feligreses guatemaltecos, gracias a que en 1594 se obtuvo una abundante cosecha de algodón. Según los relatos de la época, el traslado de la imagen hasta Esquipulas tardó varios meses, a causa de que, conforme la peregrinación avanzaba, la gente de diversos poblados pedía que el Cristo se quedara con ellos al menos una noche, para rendirle veneración. Al llegar a Esquipulas, la escultura fue alojada en una ermita de reducidas dimensiones, construida por encargo de los habitantes de aquella villa.

Tiempo después, a finales del siglo XVII, al contar ya con una iglesia parroquial, la imagen fue trasladada a ese templo. Ahí permaneció hasta cuando el arzobispo de Guatemala, cargo que por entonces desempeñaba Fray Pedro Pardo de Figueredo, ordenó que se construyera una iglesia digna de la veneración rendida a la citada imagen, y suficiente para albergar a los numerosos peregrinos. El arzobispo Francisco de Figueredo y Victoria, sucesor de Pardo, respaldó el proceso de edificación, que fue concluido a finales de 1758. El templo se bendijo y dedicó en enero de 1759, y el traslado del Cristo de Esquipulas a este recinto se realizó el sábado 6 de enero del citado año; así que la festividad de este Crucificado -el 15 de enero– se celebró ya en la nueva iglesia. A partir de aquel año, el culto a la imagen de Esquipulas fue creciendo no sólo en Guatemala sino en el Sur de México y en toda Centroamérica. Se le llama el Cristo Negro porque, a lo largo de los años, la madera se fue oscureciendo a causa, según se cree, del humo de las veladoras, porque la imagen no se encontraba protegida por cristales, como se halla actualmente.

La construcción del magno templo corrió a cargo de Felipe José de Porres, miembro de una afamada familia de arquitectos nativos de Santiago de Guatemala. La iglesia mide 60 metros de largo por 30 de ancho; consta de tres naves, y en la central se yergue una impresionante cúpula de 18 metros de alto. Al fondo del edificio aparece una capilla colocada detrás del altar mayor, y en la cual se conserva la renombrada imagen. En el exterior de la iglesia hay cuatro torres de 50 metros de altura, una en cada extremo de la edificación. Se cuenta con un extenso atrio que se colma de peregrinos en el mes de enero de cada año, y sobre todo el día de la festividad local.

Una larga calle conduce hacia el templo, y desde ella, la vista que la construcción ofrece es impresionante. En verdad, se trata de una de las obras más sobresalientes de la arquitectura hispanoamericana, y su solidez y belleza resaltan a los ojos de cualquier espectador, sea o no creyente.

Desde el punto de vista religioso, el culto al Cristo de Esquipulas ha ido creciendo más y más con el paso de los años, tornándose la Villa en un centro de peregrinaciones afamado en el mundo entero. Este hecho motivó al arzobispo Mariano Rossell Arellano (1894-1964), nativo de Esquipulas, y quien ocupó la sede arzobispal de Santiago de Guatemala entre 1939 y 1965, a tramitar ante el Vaticano la creación de la Prelatura del Santo Cristo de Esquipulas, erigida en 1956 por el papa Pío XII. De esta forma, el municipio de Esquipulas pasó a constituir una circunscripción eclesiástica confiada a un obispo. Asimismo, Rossell gestionó el apoyo de la Abadía Benedictina de San José (Louisiana, Estados Unidos de América) para que se estableciera una comunidad de monjes que se encargaran del cuidado pastoral de la Prelatura. Esta comunidad comenzó a funcionar en 1959, y actualmente ostenta el rango de Abadía.

Por otra parte, el mismo Rossell obtuvo del Papa Juan XXIII que se concediera al Santuario de Esquipulas la categoría de Basílica Menor, lo cual fue autorizado en 1961, y motivó la realización de solemnes ceremonias religiosas que contaron con la presencia de numerosas personalidades civiles y eclesiásticas. Debe añadirse que tanto la imagen del Cristo como las otras que se encuentran en el altar mayor, fueron restauradas gracias a un convenio entre el Gobierno de Guatemala y el entonces prelado de Esquipulas, cardenal Rodolfo Quezada Toruño, quien presidía el Comité pro celebración del cuarto centenario de la imagen. Gracias a esta tarea, fueron reparados los daños causados en el transcurso de los siglos. Por otra parte, el templo ha sido sometido a un proceso de restauración, con vistas a celebrar, en 2009, los 250 años de su bendición.

Al Cristo de Esquipulas se le atribuyen innumerables milagros, lo cual explica el enorme culto que se le profesa. Pero, aparte del factor religioso, debe reconocerse el valor estético de la imagen, así como la hermosura y grandiosidad del templo en donde se le venera. Decir Esquipulas equivale a mencionar un epicentro de la civilización mesoamericana y, un factor de indudable peso en el desarrollo cultural de Guatemala.
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