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Eduardo
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Leyendas de Guatemala: La Mascara de Cristal

Leyenda de la mascara de cristal



¡Y, sí, Nana la Lluvia, el que hacía los ídolos y. preparaba las cabezas de los muertos,
dejándolas desabrido hueso, betún encima, tenía las manos tres veces doradas!
¡Y, sí, Nana la Lluvia, el que hacía los ídolos, cuidador de calaveras, huyó de los
hombres de piel de gusano blanco, incendiaron la ciudad entonces, y se refugió en lo más
inaccesible de sus montañas, allí donde la tierra se volvía nube!
¡Y, sí, Nana la Lluvia, el que hacía los dioses que lo hicieron a él, era Ambiastro, tenía
dos astros en lugar de manos!

¡Y, sí, Nana la Lluvia, Ambiastro huyó del hombre de piel de gusano blanco y se hizo
montaña, cima de montaña, sin inquietarle la ingrimitud de su refugio, la soledad más sola,
piedras y águilas, habituado a vivir oculto, a no mostrarse mientras creaba las imágenes
sacras, ídolos de barro y cebollín, y por la diligencia que puso en darse compañía de
dioses, héroes y animales que talló, esculpió, modeló en piedra, madera y lodo, con los
utensilios que trujo!

Y, sí, Nana la Lluvia, Ambiastro, faltando a su juramento de esculpir en piedra y sólo
en piedra, mientras durara su destierro, se dio licencia para tallar, en su caña de fumador de
tabaco, un grupo de monitos juguetones, asidos de la cola, los brazos en alto como
queriendo atrapar el humo, y en un grueso tronco de manzanarrosa, el combate de la
serpiente y el jaguar!
¡Y, sí, Nana la Lluvia!
Al nacer el día, luceros panzones y tenues albaluces, Ambiastro golpeaba el tronco
hueco de palo de manzanarrosa, para poner en movimiento, razón de ser de la escultura, al
jaguar, aliado de la luz, en su lucha a muerte con la noche, serpiente inacabable, y producir
sonido de retumbo, tal y como se acostumbraba en las puertas de la ciudad, al asomar el
lucero de las preciosas piedras.

Glorificado el lucero de la mañana, alabado todo lo que reverdecía, recortados los
desaparecidos de la memoria nocturna (...nadie hubiera tomado su camino y ellos no
regresarán...), Ambiastro juntaba astillas de madera seca y a un chispazo de su pedernal
nacía aquel que se consume solo y tan prontamente que jamás le dio tiempo para esculpir
su imagen de guacamayo de llamas bulliciosas. Encendido el fuego, ponía a calentar agua
de nube en un recipiente de barro y en espera del hervor, soltaba los sentidos a vagar sin
pensamiento, felices, fuera de la cueva en que vivía. Montes, valles, lagos, volcanes
apuraban sus ojos mientras perdía el olfato en la borrachera de aromas frutales que subía
de la tierra caliente, el tacto en el pacto de no tocar nada y sentirlo todo, y el oído en las
relojerías del rocío.

Al formarse las primeras burbujas, corrían como perlas de zoguillas desatadas por la
superficie del agua a punto de hervir, Ambiastro sacaba de un bucul amarillo un puño de
polvo de chile colorado, lo que cogían cinco dedos, y lo arrojaba al líquido en ebullición.
Un guacal de esta bebida roja, espesa, humeante, como sangre, era su alimento y el de su
familia, como llamaba a sus esculturas en piedra, coloreadas del bermellón al naranja.
Sus gigantes, talla directa en la roca viva, bañados de plumas y collares de máscaras
pequeñas, guardaban la entrada de la cueva en que a los jugadores de pelota, en
bajorrelieve, seguían personajes con dos caras, la de la vida y la de la muerte, danzarines
atmosféricos, dioses de la lluvia, dioses solares con los ojos muy abiertos, cilindros con
figuras de animales en órbitas astrales, dioses de la muerte esqueléticos, enzoguillados de
estrellas, sacerdotes de cráneos alargados y piedras duras, verdes, rojizas, negras, con
representaciones calendáricas o proféticas.

Pero ya la piedra le angustiaba y había que pensar en el mosaico. Desplegar sobre las
paredes y bóvedas de su vivienda subterránea, escenas de ceremonias religiosas, danzas,
asaeteamientos, cacerías, todo lo que él había visto antes de la llegada de los hombres de
piel de gusano blanco.
Apartó los ojos de un bosquecillo de árboles que ya sin fuerza para izarse, tan alto
habían nacido en las montañas azules, se retorcían y bajaban reptando por laderas arenosas,
pedregales y nidos de aguiluchos solitarios. Apartó los ojos de estos árboles casi culebras,
al reclamo de los que sembrados en estribaciones más bajas, subían s ofrecerle sus copas
de verdores fragantes y sus hondas carnes amorosas. La tentación de la madera lo sacaba
de su refugio poblado de ídolos pétreos, gigantes minerales, piedras y más piedras, al
mundo vegetal cálido y perfumado de las florestas que recorría de noche como sonámbulo
por caminos de estrellas que llovían de los ramajes, y de día, traspuesto, enajenado,
ansioso, delirante, suelto a dejar la piedra, faltando a su promesa de no tocar árbol, arcilla o
materia blanda durante su destierro, y lanzarse a la multiplicación de sus criaturas en palos
llamarosa, palos carne-amarilla, humo-fuego, maderas que lejos de oponer resistencia
como la piedra, dura y artera, se entregaban a su magia, blandas, ayudadoras, gozosas. Una
conciencia remota las hacía preferir aquel destino de esculturas de palo blanco, rival del
marfil más fino, de ébanos desafiadores del azabache, de caobas sólo comparables con el
granate vinoso.

Dormir, imposible. Todo su mundo dé’ dioses, guerreros, sacerdotes esculpidos en
piedras duras, casi de joyería, le hacía sentir su cueva como sepultura de momia. Que la
madera no pasa de ser escultura para hoy y nada para mañana... Se. mordía los labios. Por
otra parte, su obra no era de pura complacencia. Enterraba un mensaje. Escondía una cauda
de cometas sin luz. Daba nacimiento a la gemanística. Se llevó a la boca su caña de fumar,
adornada con montos que jugaban con el humo que tendía un veló entre él y su
pensamiento. Aunque todo quedaría sepultado si se desplomaba la caverna. Mejor la
madera, esculpir dioses-árboles, dioses-ceibas, esculturas con raíces, no sus granitos y
mármoles sin raigambre, esculturas de brazos gigantes, ramas que se vestirían de flores tan
enigmáticas como los jeroglíficos.

No supo de sus ojos. Estallaron. Ciego, Ciego. Estallaron luces al golpear con la punta
de su pedernal, mientras buscaba piedras duras, en una vera de cristal de roca. Sus manos,
sus brazos, su pecho bañados en rocío cortante. Se llevó los dedos a la cara, sembrada de
piquetazos de agujas, para buscarse los ojos. No estaba ciego. Fue el deslumbramiento, el
chispado, la explosión de la roca luminosa. Olvidó sus piedras oscuras y la tentación de las
maderas fragantes. Tenía al alcance sus manos, pobres astros apagados, más allá del mar
de jade y la noche de obsidiana, la luz de un mediodía de diamantes, muerta y viva, fría y
quemante, desnuda y enigmática, fija y en movimiento.

Esculpiría en cristal de roca, pero cómo trasladar aquella masa luminosa hasta su
caverna. Imposible. Más hacedero que él se trasladara a vivir allí. ¿Solo o con su familia,
sus piedras esculpidas, sus ídolos, sus gigantes? Reflexionó, la cabeza de un lado a otro.
No, no. No pensarlo. Desconocía todo parentesco con seres de tiniebla.
Improvisó allí mismo, junto al peñasco de cristales, una cabaña, trajo al dios que se
consume solo y pronto, acarreó agua en un tinajas y en una piedra de mollejón fue dando
filo de navajuela a sus pedernales.

Nueva vida. La luz. El aire. La cabaña abierta al sol y de noche a la cristalería de los
astros.
Días y días de faena. Sin parar. Casi sin dormir. No podía más. Las manos lastimadas,
la cara herida, heridas que antes de cicatrizar eran cortadas por nuevas heridas, lacerado y
casi ciego por las astillas y el polvo finísimo del cuarzo, reclamaba agua, agua, agua para
beber y agua para bañar el pedazo de luz cristalizada y purísima que iba tomando la forma
de una cara.
El alba lo encontraba despierto, ansioso, desesperado porque tardaba en aclarar el día y
no pocas veces se le oyó barrer alrededor de la cabaña, no la basura, sino la tiniebla. Sin
acordarse de saludar al lucero de las preciosas piedras, qué mejor saludo que golpear la
roca de purísimo cuarzo de donde saltaban salvas de luz, apenas amanecía continuaba su
talla, falto de saliva, corto de aliento, empapado en sudor de loco, en lucha con el pelo que
se le venía a la cara sangrante, las astillas heridoras, a los ojos llorosos, el polvo cegador,
lo que le ponía iracundo, pues perdía tiempo en ‘levantárselo con el envés de la mano. Y la
exasperación de afilar a cada momento sus utensilios, ya no de escultor, sino de lapidario.
Pero al fin la tenía, tallada en fuego blanco, pulida con el polvo del collar de ojos y
martajados caracoles. Su brillo cegaba y cuando se la puso — Máscara de Nana la Lluvia
— tuvo la sensación de vaciar su ser pasajero en una gota de agua inmortal. ¡Pared
geológica! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Soberanía no rebelada! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Superficie sin
paralelo! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Lava respirable! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Dédalo de espejos!
¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Tumba ritual! ¡Sí, Nana la lluvia! ¡Nivel de sueños luminosos! ¡Sí,
Nana la Lluvia! ¡Máscara irremovible! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Obstáculo que afila sus
contornos hasta anularlos para montar la guardia de la eternidad despierta!
Paso a paso volvió a su cueva, no por sus olvidadas piedras, dioses, héroes y figurillas
de animales tallados en manantiales de tiniebla, sino por su caña de hablar humo. No la
encontraba. Halló el tabaco guiándose por el olor. Pero su caña... su caña... su pequeña
cerbatana, no de cazar pájaros, de cazar sueños...

Dejó la máscara luminosa sobre una esterilla tendida en lo que fue su lecho de tablas
de nogal y siguió buscando. Se la llevaxon los monitor esculpidos alrededor, se consolaba,
ella ran paco quiso quedarse en esta tenebrosa tumba, entre estos ídolos y gi, gantas que
dejaré soterrados abata que encontré un material digno de gris manos de Ambiastro.
Se golpeaba en los’ objetos. La poca costumbre de andar en la oscuridad, se dijo.
Aunque más bien los objetos le saltan al paso y se golpeaban can él. Los banquitos de tres
pies a darle en las espinillas. Las mesas no esperaban, mesas y bancos de trabajo, se lé
tiraban encima como fieras. Esquinazos, cajonatos, patadas de mesas convertidas en bestias
enfurecidas. Los tapexcos6 llenos de trastes lo atacaban por la espalda, a matar, como si
alguien los empujara, y allí la de caerle encima ollas, jarros, potes, piedras de afilar,
incensarios, tortugas, caracoles, tambores de lengüetas, ocatinas, todo lo que él guardaba
para ahuyentar el silencio ton las fiestas del ruido, mientras los apartes, las tinajas, los
guacales, poseídos de un extraño furor, le golpeaban a más y mejor y del tedio se
desprendían, entre nubes de cuero de bestias de aullido, zogas y bejucos flagelantes como
culebras marcadoras.

Se refugió junto a la máscara. No realizaba bien lo que le sucedía. Seguía creyendo que
era él, poco acostumbrado ya al mundo subterráneo, el que se, golpeaba en las cosas de su
uso y su trabajo. Y efectivamente, al quedarse quieto cesó el ataque, pausa en la que terco
como era volvió a ver de un lado a otro, cama preguntando a todos aquellos seres
inanimados por su. caña de fumar. No estaba. Se conformó con llevarse a la boca un puño
de tabaco y masticarlo. Pero algo extraño. Se movían la serpiente y el jaguar de su tambor
de madera, aquel con que saludaba al lucero de las preciosas luces. Y si las mesas, los
tapexcos, los bancos, las tinajas, los apaxtes, los guacales, se habían aquietado, ahora
bajaban y subían los párpados los gigantes de piedra. La tempestad agitaba sus músculos.
Cada brazo era un río. Avanzaban contra él. Levantó los astros apagados de sus manos
para defender la cara del puñetazo de una de esas inmensas bestias. Maltrecha, sin
respiración, el esternón hundido por el golpe de aquel puño de gigante de piedra, un
segundo golpe con la mano abierta le deshizo la quijada. En la penumbra verdosa que
quiere ser tiniebla y no puede,, luz y no alcanza, movíanse en orden de batalla los
escuadrones de flecheros creados por él, nacidos de sus manos, de su artificio, de su magia.
Primero por los flancos, después de frente, sin dar gritos de combate, apuntaron sus arcos y
dispararon contra él flechas envenenadas. Un segundo grupo de guerreros, también hechos
por él, esculpidos en piedra por sus manos, tras abrirse en abanico y jugar a mariposas, lo
rodearon y clavaron con los aguijones de las cañas tostadas, en las tablas de la cama en que
yacía tendido junto a su máscara maravillosa. No lo dudó. Se la puso. Debía salvarse. Huir.
Romper el cero. Ese gran ojo redondo de la muerte que no tiene dos ojos, como las
calaveras, sino un inmenso y solitario cero sobre la frente. Lo rompió, deshizo la cifra
abstracta, antes de la unidad, nada, y después de la unidad, todo, y corrió hacia la salida de
la cueva, guardada por ídolos también esculpidos por él en materiales de tiniebla. El ídolo
de las orejas de cabro, pelo de paxte y pechos de fruta. Le tocó las tetas y lo dejó pasar. El
ídolo de los veinticuatro diablos... viudo, castrado y honorable. Le saludó reverente y lo
dejó pasar. La mujer verde, Maribal, tejedora de salivas estériles. Le dio la suya para
preñarla y lo dejó pasar. El ídolo de los dedales de la luna caliente. Le tocó el murciélago
del galillo con la punta de la lengua en un boca a boca espantoso, y lo dejó pasar. El ídolo
del cenzontle negro, ombligo de floripundia. Le sopló el ombligo para avivarle el celo y lo
dejó pasar...

Noche de puercoespines. En cada espina, una gota luminosa de la máscara que
Ambiastro llevaba sobre la cara. Los ídolos lo dejaron pasar, pero ya iba muerto, rodeado
de flores amarillas por todas partes.
Los sacerdotes del eclipse, decían:
¡El que agrega criaturas de artificio a la creación, debe saber que esas criaturas se
rebelan, lo sepultan y ellas quedan!
Por la ciudad de los caballeros de piedra pasa el entierro de Ambiastro. No se sabe si
ríe o si llora, la máscara de cristal de roca que le oculta la cara. Lo llevan sobre tablas de
nogal fragante, los gigantes, los ídolos y los héroes de piedra nacidos de sus manos,
hieráticos, atormentados, arrogantes, y le sigue un pueblo de figuras de barro amasadas con
el llanto de Nana la Lluvia.
Informacion extra:

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