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Eduardo
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Leyendas de Guatemala: El Volcan

Leyenda del Volcán



Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los
tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el
río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas
de maravillas.

Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el
río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que
saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el
fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la
tierra antes que cayera el sol.

Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las
culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes,
micos, micoleones, garrobos y mapaches.

Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de
lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el
viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de
los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo;
todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.
—¡Nido!...
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida
que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos
crucecitas negras, olorosa a pescado femenina como dedo meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía
cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el
río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil... ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los
diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera
vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.
Nido calmó a sus compañeros —extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos
en el río sin poder hablar.

—¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles,
con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que
matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahua5l! ¡Nuestro natal!
La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con
trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada
bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto...
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril
fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las
huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus
brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la
tierra.
Y la incendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la
uñas.
El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que
escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en
el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas.
Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de
monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué
largo escalofrío...!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas,
los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las
taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras
y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en
diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las
cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse
campo.

Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo
mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre
dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los
puercoespines, las moscas, las hormigas...
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían
como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed
blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas
de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes;
las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que
alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en
las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse,
las apagó.

Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el
agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y
cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro
muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni
aurora.
—Nido —le dijo el corazón—, al final de este camino...
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de
otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un
pan de culebra le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus
espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.
Anduvo y anduvo...
Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su
nombre:
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y
niño la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en
la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán
apagaba sus entrañas —en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas
en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo,
no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.
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